Escondido entre los arbustos a la hora de la bajamarea acechaba Tempilcahué.
Este hombre fue uno de los machis más sabios de cuantos ha conocido la historia de Chiloé.
Ese día igual a todos los del año, se retiró el mar centenares de metros desde la costanera, yéndose como un hombre cansado, dando grandes y perezosos bostezos camino hacia su lecho de huiros nocturnos.
Tempilcahué lo veía alejarse y sentía apretarse su corazón asustado. Apenas respiraba. La luna llena plateaba la playa, transformando su brillante superficie húmeda en una sinfonía de destellos en permanente movimiento.
En su escondite esperó la medianoche y corrió veloz hasta donde duermen las ostras. Sabía que en su ligereza y astucia estaba la posibilidad de encontrar lo buscado. La diosa de la tierra Tenten-vilú, claramente le había advertido aquella noche en el sueño -"si quieres apropiarte del tesoro de Coicoi-vilú, debes ser silencioso cual sombra y rápido como un zorro, pues si te escucha o percibe tu presencia, desaparecerás en el fondo del océano."
El primer indicio era encontrar una estrella marina de ocho puntas, encaramada sobre una roca negra con forma de sombrero, la cual indicaba los lugares donde Coicoi-vilú lo ocultaba.
Y así lo encontró, moviendo sus largos brazos, embrujada por un rayo de luz. Tempilcahué sacó sus ropas y tomando una poción mágica, se transformó en una jaiba mora confundiéndose con los habitantes del fondo marino: pudo así recorrer cada una de las direcciones indicadas por la estrella hechizada.
Miró hacia los astros, luego la línea del horizonte nocturno.
Sólo debía buscar en cuatro direcciones exactas: norte, este, sur y oeste, pues Tenten-vilú le había hecho saber que a nueve pasos de distancia, y enterradas bajo tres brazos de arena, encontraría las cuatro papas que sacaría del mar.
Corrió hacia el norte primero y con sus grandes tenazas de jaiba reina escarbó hasta encontrar el primer tubérculo, e igualmente lo hizo con los otros.
No bien hubo terminado su misión, el mar comenzó a crecer nuevamente buscando las playas de la mañana.
Cogió Tempilcahúe sus ropas y corriendo como cachorro asustado, voló de vuelta brincando de charco en charco hasta la falda del cerro donde se durmió esperando el alba.
Al darse cuenta Coicoi-vilú de la usurpación, montó en justa cólera jurando encontrar y castigar a quien le había robado su preciado tesoro. Preguntó a sus súbditos por si alguno había visto o escuchado, pero en vano. Entonces buscó por la costa, azotándola con olas enormes, y por los aires haciendo rugir vientos helados del sur; mas no pudo rastrear los campos ni bajo ellos, pues eran dominio de Tenten-vilú y allí no podía penetrar.
Siguiendo las instrucciones de la diosa madre, Tempilcahué ocultó a tres pasos a una de otra, y a un brazo bajo tierra a las cuatro tiernas papas. Cada una en su dirección original señalando el norte, este, sur y oeste.
Con el tiempo y el calor subterráneo comenzaron a echar finas raicillas. A través de ellas fueron absorbiendo su alimento terrestre el cual les permitió desarrollar un tallo que pronto exploraría su camino hacia el sol.
Nada sabía aún Tempilcahué de lo que estaba sucediendo bajo la superficie cuando por segunda vez se le apareció Tenten-vilú en forma de sueño ordenándole nuevamente volver al mar. Ahora, la tarea era hallar a los tres erizos danzantes quienes hacían su aparición sólo durante la noche de luna negra.
Le enseñó como debía capturarlos y puso a sus pies un fino cuchillito con punta de quépuca (la piedra encantadora) con el cual dibujaría y "por si alguno se te resiste".
En lo alto del cerro esperó el joven brujo la llegada de la medianoche ensayando calladito su canto mágico. Entendía que si lo oía Coicoi-vilú, ahora sí que su vida corría peligro pues no tendría misericordia con él.
Llegó la hora esperada y Tempilcahué se lanzó valientemente cantando a todo pulmón su canto embrujador. La diosa le había reiterado que la menor vacilación sería fatal pues irremediablemente despertaría a la soberana de los mares con las consecuencias esperadas; o en el mejor de los casos, los erizos dándose cuenta que estaban siendo embrujados dejarían de bailar, confundiéndose con sus hermanos.
Clarito como un rayo de luna se escuchó esa noche su cantar: "prum purum prum prun, se "adentró" cantando y saltando Tempilcahué.
Prum purum prun, internándose en la enorme playa.
Prum purum prun, bailaban los tres erizos danzarines.
Y así, jugando los encontró sobre la arena mojada. Con su cuchillo dibujó un triángulo a igual distancia de cada uno de los tres erizos. Lo hizo pequeño, de modo tal que si lograba hacerlos entrar en él, se enredarían fatalmente con sus propias púas.
Prum purum prum prun, los fue rodeando, achicando el círculo en forma de remolino, girando cada vez más cerca del triángulo mortal.
Prum purum prum prun, los metió en un saquito que llevaba amarrado a la cintura. Y entonando su canción, se alejó del lugar.
Todo un mes tardó Coicoi-vilú en percatarse de la nueva burla y enferma de rabia maricunda, se durmió en los profundos socavones del mar del sur. Ciertamente era Tenten-vilú quien había enseñado a los hombres sus secretos, pero nada podía hacer. Jamás volvería a recuperarlos.
Siguiendo las instrucciones recibidas en el sueño, Tempilcahué coció en un horno bajo tierra los tres erizos, reduciendo a un polvo fino sus caparazones. Hizo con ellos una pasta naranja mezclándola con hojas secas y otros elementos, la cual esparció sobre los brotes que comenzaban a aparecer sobre la superficie.
Con este nuevo alimento las papas recuperaron las fuerzas gastadas en su crecimiento inicial y con mayor energía siguieron desarrollándose, echando fuertes raíces y nuevas hojas.
Una a una y año tras año fueron multiplicándose gracias a las preocupaciones brindadas por los hombres. Y creció la especie, llegando a ser uno de los alimentos más importantes de la tribu. Su uso traspasó las fronteras de la Isla Grande emigrando hacia regiones lejanas donde fue acogida por los millones de habitantes que pueblan esta tierra madre.