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Todo Sobre la Papa.

EL ORIGEN DE LA PAPA PARA LOS EUROPEOS

El origen de la papa se pierde en la antigüedad, pero realmente fue conocida cuando los españoles encontraron en América del Sur extensos cultivos que los indígenas destinaban a su alimentación. Ello sucedía particularmente en los altiplanos de Bolivia y Perú, en Colombia y en las regiones costeras de Chile. Algunos bajorrelieves de templos, que datan del ano 200 d C, muestran que los Incas ya cultivaban la papa. Los españoles la llevaron a Europa, y poco después Sir Walter Raleigh la introdujo en Inglaterra. En Francia fue utilizada como planta ornamental en los siglos XVI y XVII y como alimento para el ganado. Se la consideraba un alimento inadecuado y hasta peligroso para la salud del hombre hasta que, en 1771, Parmentier la rehabilitó en sus célebres escritos convirtiéndola en uno de los alimentos más populares. Para vencer los prejuicios existentes, Parmentier puso una fuerte guardia diurna para cuidar los campos sembrados con papas. Así, de noche, el pueblo entraba a robar algo que era considerado tan valioso. Parmentier declaró: "La papa es el mejor regalo que le haya hecho al Viejo Mundo el Nuevo". En Europa y en América el papel que desempeña la papa en la alimentación humana es importante. Pero en algunos países de Europa Central ese papel es fundamental, pues ocupa el lugar que tiene el pan en Occidente y el arroz en Oriente.

La Revolución de los Alimentos

Machu Picchu hay sólo uno, pero son muchos sus misterios. Las ruinas de esta antigua ciudad peruana se encuentran situadas a una altura de 2 500 metros sobre el nivel del mar en la cumbre de una montaña con vista al río Urubamba. Aunque Machu Picchu es apenas más grande que una aldea, la complejidad de sus ruinas acusa un lugar de mucha más importancia. Las casas de piedra construidas a base de simples dinteles y con entradas en forma de trapecio no se parecen a las casas de los puric, los campesinos comunes, y los edificios públicos superan a cualquier edificio administrativo o religioso que quepa esperarse en una ciudad de este tamaño. Las ruinas revelan edificios construidos con gran habilidad y precisión, con las líneas ordenadas y bien definidas, los bordes achaflanados y las uniones sin mezcla que caracterizan lo mejor de la arquitectura incaica.

El marco espectacular y los edificios tan exquisitamente labrados han evocado mucha especulación y muchos disparates románticos acerca de la finalidad de la ciudad. El descubridor norteamericano Hiram Bingham supuso equivocadamente que había encontrado Vilcabamba, la última capital del imperio incaico después de la caída del Cuzco. Al no tener una explicación, mucha gente supone que el propósito de la ciudad habría sido religioso y por lo tanto la llaman "la ciudad sagrada de los incas". Otros afirman que fue construida como una ciudad para proteger de los españoles a las mujeres nobles, o que fue un monasterio asociado con la coca, considerada planta sagrada, o como un centro de culto.

Nada de esto coincide con lo que sabemos acerca de los incas. A diferencia de los aztecas, que eran supersticiosos, los incas no construyeron grandes pirámides para llevar a cabo masivos sacrificios sangrientos ni libraron guerras prolongadas para complacer a los dioses. A diferencia de los mayas, que eran místicos, no construyeron observatorios para contemplar las configuraciones infinitas de las estrellas ni escribieron largos poemas filosóficos acerca de la creación del mundo. Demostraron un austero sentido práctico en todos los aspectos de la vida y mostraron pocos indicios de fervor religioso, ninguna inclinación hacia la meditación, ninguna tendencia hacia el sentimentalismo o la superstición.

Los pueblos supuestamente prácticos de la Roma antigua, la Alemania tradicional y los Estados Unidos contemporáneos parecen casi místicos comparados con los incas, y la Esparta antigua aparece como la tierra de los frívolos. El sentido práctico de los incas se puede ver reflejado en el estilo preciso y muy angular de la construcción de sus edificios, que difiere del estilo más informal y redondeado de sus predecesores. Este mismo sentido práctico y la pasión por la organización se pueden apreciar en el sistema económico de los incas, un sistema sin dinero, mercados o comerciantes, pero que aun así lograba evitar las hambrunas que acechan a tantos grandes imperios.

En vista de este sentido práctico la existencia misma de Machu Picchu parece tanto más misteriosa. ¿Por qué construirían los incas una ciudad y cubrirían la montaña con terrazas en un lugar donde escasea la tierra laborable? Los constructores utilizaron las mejores técnicas conocidas para construir terrazas que durarían para siempre. Los trabajadores luego colocaron un cimiento de capas de roca y arcilla y desde el río ubicado más abajo transportaron tierra fértil trepando terraplenes empinados de 800 metros de altura. Esta labor es equivalente a la que se necesitaría a fin de transportar tierra desde el Río Colorado para sembrar campos en lo alto del Gran Cañón.

Los incas construyeron cientos de terrazas, todas demasiado pequeñas para cualquier tipo de agricultura a gran escala. Algunas eran muy angostas, con sólo quince centímetros de ancho. Sin embargo estas terrazas suben y bajan la montaña hasta muy lejos, y los incas incluso construyeron terrazas pequeñas muy alto en la cima del frente del Huayna Picchu, a una hora de subida por una ladera muy empinada. Una disposición como ésta tiene tan poco sentido como si los norteamericanos decidieran comenzar a cultivar el frente del Monte Rushmore con parcelas del tamaño de una gran jardinera.

Un indicio de la posible función de Machu Picchu me vino a la mente durante una expedición de dos días por la zona con Charles Laughlin, un botánico de la Universidad de Georgia, Estados Unidos. En una de nuestras excursiones regresamos a la ciudad en ruinas por los caminos del Inca desde el sur. Este camino entra a la ciudad por el Inti Puncu, la puerta de piedra dedicada al sol, situada a gran altura en el paso de montaña que separa la ladera, en la que se encuentra Machu Picchu, del árido valle interior. Desde la puerta se ven dos mundos: el valle árido y sin vida por un lado, y por el otro el frondoso valle color verde esmeralda, rociado por las densas neblinas y lloviznas provenientes del río Urubamba situado mucho más abajo de las ruinas de la ciudad.

A medida que descendíamos hacia la ciudad desde este paso elevado, yo miraba con asombro el paisaje espectacular. ¿Por qué construyeron los incas la ciudad en este sitio? ¿Sería para defender el río? ¿Pero qué había ahí para defender? Quizás se trataba de un lugar para llevar a cabo el comercio de la coca, ¿Pero por qué habrían de necesitar una ciudad monumental para ello? ¿Por qué construyeron la ciudad allá arriba tan lejos del agua del río?

Mientras yo contemplaba de arriba a abajo las extensas vistas del Urubamba y de las montañas aledañas, mi amigo Charles observaba la vegetación e identificaba todo lo que crecía a lo largo del camino. Esto no me dejaba concentrarme en todo el conjunto, pero a medida que descendíamos la montaña y pasábamos de una terraza a otra, las plantas que identificaba mi amigo iban cambiando. Pasábamos por una serie de capas ecológicas, como las que se dan en muchas montañas de los Andes. La ladera está dispuesta en franjas de vegetación y microzonas. Para un científico, es un lugar de sueño: un sitio perfecto para todo tipo de experimentos controlados. Vistas en ese contexto, las pequeñas terrazas adquirieron un nuevo significado, apareciendo como terrenos experimentales, ubicados a una serie de altitudes diferentes y construidos en ángulos distintos mirando hacia el sol de la mañana, el sol del atardecer, hacia donde siempre hay sol o hacia donde nunca se ve el sol. Es como un conjunto de experimentos científicos distribuidos todos sobre un mismo terreno. De repente, Machu Picchu se me aparecía como una estación agrícola. En ese sentido era un lugar sagrado, porque la agricultura era una actividad sagrada para los incas, que adoraban a la Pachamama vivificante, la madre tierra, y al Inti, el sol, que juntos hacen crecer las plantas. Los antiguos peruanos fueron unos de los experimentadores más importantes del mundo en lo que se refiere a la agricultura, y construyeron varias áreas experimentales donde se podía cultivar utilizando métodos distintos. No ha de sorprender la noción de que le dedicaran justamente a este tipo de actividad un lugar como Machu Picchu. Haya o no funcionado éste como una antigua estación agrícola experimental, los indios de los Andes probablemente llevaron a cabo más experimentos botánicos que cualquier otro pueblo del mundo.

Empezando miles de años antes que los incas, los nativos aprendieron a producir enormes cosechas de papa en pequeños lotes de tierra. En el mundo moderno, las grandes cosechas se logran sobre todo a través de la elaboración de plantas que se prestan a ser cultivadas en distintos ambientes y, cuando es necesario, a través de la manipulación del medio ambiente inmediato para asegurar que una planta tenga la cantidad necesaria de humedad, nitrógeno y demás requisitos necesarios para un buen crecimiento. Los peruanos parecen haber abordado el problema de una manera opuesta. Se dedicaron a desarrollar un tipo de planta distinto para cada tipo de suelo, sol y humedad. Preciaban la diversidad y querían tener papas de varios tamaños, texturas y colores, desde las blancas y amarillas, hasta las moradas, rojas, anaranjadas y marrones. Algunas eran dulces redondas u ovaladas, otras tienen forma de cuerno o de zapallo. Algunas tienen cáscara suave y otras cáscara áspera. Pero por feas o bonitas que sean las papas, todas reciben la misma protección y el mismo cuidado, teniendo en cuenta la invalorable riqueza futura que suponen para el mundo.



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