En la tasca de Josele, que es nuestro parnaso agrícola de la zona, los temas sobre la siembra y el mataje salen a colación con la puntualidad cósmica de las estaciones. Así en primavera surge el debate sobre lechugas y zanahorias, de sandías en el verano, boniatos en el otoño... En las tardes de invierno, entre cuartillo y cuartillo de fina se suele hablar de las papas, un tema que siempre ha dado mucho de sí.
-Po yo este año pienso sembrar las puntas, que son las que dan más kilos.
-Quillo, no seas vaina. Las jailas se vienen antes y se aprovecha mejor el precio.
-¡Bah! –interviene otro-. Donde se pone la ostara...
-¡Coño, que acaso la baraca es una papa mala!
Es la forma en que se cotejan las opiniones sobre la variedad que interesa, lo mismo que se comentan las condiciones de la semilla: que si esta papa está mu cerrá, o las yemas están dormías (escasa protuberancia o atraso en los brotes), que si se crían mejor en llano o en albardillas, que si se deben cortar buenos cascos para la siembra... Cuentan que en los tiempos del hambre, cuando las ollas y sartenes lloraban su soledad, con arte de cirujanos nuestros campesinos le recortaban sucintamente el botoncito o la yema, un truco que era como robarle la papa a la papa, engañarla como engañábamos el pan con el chocolate, que siempre nos sobraba chocolate, aunque nos zampásemos una telera. No hay hortaliza comparable a la papa. De fácil cultivo, excelente adaptabilidad, sustanciosa y nutritiva, producto de mil recetas, guarnición de todo plato.
La papa vino de América como lo mejor del descubrimiento. Pero al principio los europeos mostraron ciertos recelos para adoptar su cultivo, porque pensaban que era venenosa. Animado por Parmentier (el supuesto inventor de las papas fritas), el rey Luis XVI de Francia tuvo que darse sus trazas para convencer a los campesinos de la bondad de este tubérculo, que tanta hambre ha quitado en el mundo. De ahí que se le haya llegado a catalogar como "el pan de los pobres", que no es lo mismo que las papas " a lo pobre".
Lo cierto es que pobres seguimos muchos, pero felices y contentos con tener un par de huevos... y un montón de papas fritas. Que tampoco es lo mismo que ser unos papas fritas.
Fragmento del libro EL RELOJ INTRUSO, (1997)
José Luis Rangel