Los indios peruanos cultivaban la patata desde el año 8000 antes de Cristo, pero el explorador español Gonzalo Jiménez de Quesada no se topó con ella hasta 1537.
Este tubérculo fue la salvación de la plebe europea cuando estaba en vísperas de convertirse en proletariado preindustrial, pues en Europa no había entonces
un alimento capaz de sostener por sí solo una jornada de trabajo. El ganado era coto de los ricos y la caza, como la
leña, monopolio de los nobles por cuyas tierras corría. Si se sorprendía a un campesino en plena caza furtiva o
calentándose con leña de un bosque feudal, se exponía a ir derechito a la horca.
Si Rusia e Irlanda existen hoy en día es gracias a la patata, pues la oprimida y prolífica plebe irlandesa y la
desbordante población eslava habrían sido mortalmente diezmadas por el hambre de no haber podido comer este
alimento.
La patata, además, es la base del vodka, único remedio que conocieron los rusos pobres durante siglos contra la
tristeza y el hastío y contra la semihambre a que con frecuencia les condenaba la misma patata que les salvaba la
vida.
La patata fue el combustible estomacal que levantó los ánimos del deprimido proletariado alemán y escandinavo y
permitió a la clase dirigente europea dar ímpetu a la incipiente industria. Puede afirmarse que la patata es el primer
antepasado directo de la revolución atómica.