Una patata caliente
viaja de una mano a otra,
con su vestido de aluminio
y un proyecto de hambre
entre los dientes de risa
de un niño ahumado.
Este tubérculo de la noche misma
va y viene en este juego de fuego,
y en su zumo de sudor de tierra
se tiene el sabor del mundo
como un torrente de juegos
entre cien jugadores tuertos.
Así va el tiempo
quemándonos vivos,
como si no fuera con él
van cayendo
densas babas de sangre
de nuestras manos de barro
ahora que se derriten
nuestras pieles de encanto.
Al final,
hay una bola de plomo
entre nuestros dedos de alambre
y la muerte siempre hiriente
nos presta sus guantes de olvido.
Al final,
cientos de ojos como botones sueltos
te miran desde su álbum de fotos
te piden sus nombres eternos,
y tú eres tan poco
entre tantos muchos
viendo tus ojos de muerto
que ni siquiera sientes
tu equipaje de cuerpo.