En tiempos muy remotos se hallaba el dios Chiminigagua sentado conversando con Chía, la luna. Se hallaba tan absorto en la conversación que sin darse cuenta empezó a arrancar con sus manos, pedacitos muy chicos al rostro de la luna y a lanzarlos con fuerza para alcanzar con ellos los mares de la tierra.
Feliz Chiminigagua seguía lanzando aquellos pedacitos sin lograr darse cuenta que a las aguas tranquilas jamás podría pegarles.
Al fin Chía, seria y un poco disgustada, le llamó la atención a su amigo Chimiingagua, quien muy avergonzado vino a la tierra a buscar los trocitos robados a la luna.
Buscó bajo las aguas, buscó en las llanuras, en los bosques, las selvas, entre los matorrales. Al fin tras su impaciencia viajó hasta los Andes y en la gran imponencia de sus bellas montañas, muy cerquita de un lago llamado Titicaca, halló ya florecidos los trozos de la luna.
Parecián bajo tierra terrones embarrados, oscuros y sin brillo y sobre el pasto húmedo se empezaban a ver sus nuevos cuerpos verdes. Querían ocultarse del dios enfurecido, no querían regresar a los oscuros cielos. Estaban encantados viendo volar al cóndor majestuoso y lejano. Sentían el rocío bañar sus nuevas ramas, sus hojas y sus flores. Ah!! sus bellas flores pálidas, ... fueron precisamente sus lindas flores blancas quienes hicieron sospechar al dios Chiminigagua. Tenían según él, la dulce timidez de su amiga la luna.
Se acercó suavemente, tomó entre sus manos una trémula planta, mostrócela a la luna quien desde las alturas sonrió muy complacida. Posó un suave beso sobre los trozos de la luna cubiertos por la tierra y marchóse de nuevo a su morada. Desde allí logró ver que aquél extraño fruto, regalo de los dioses, se hallaba a lo largo de los extensos Andes.
Pronto los habitantes de aquella cordillera descubrieron el fruto al que llamaron papa, en honor a un dios llamado Chiminigagua, que siendo el dios del universo, había salido de la oscuridad y les había dejado ese rico tesoro con el cual nunca más sufrirían de hambre.
Muchas lunas han pasado desde que aquello pasó y hoy han venido a estas tierras, en grandes casas flotantes, unos hombres de metal. Deben ser dioses, yo creo, mitad hombre y mitad animal. Se dicen conquistadores que vienen de algún lugar donde los cielos se unen con las aguas de la mar.
Buscan tesoros, riquezas, quieren la tierra escarbar. Lo extraño es que quieren hallar el frío metal que refleja al dios Xúe, el sol, en lugar de los regalos que bajo tierra se dan y que quitan nuestra hambre, nuestro frío o nuestra sed.
Nosotros pronto corremos a ofrecerles en las cestas lo mejor de nuestras frutas, el maíz, la quinua y por supuesto, la papa. Nada de eso les atrae. Solo quieren encontrar el tan nombrado Dorado.
Cuando los conquistadores regresan a España, su pais de origen (ellos así nos lo dijeron), llevaron entre sus barcos unas pocas papas, que por casualidad o por azar dejaron olvidadas en las bodegas. Eso contará la historia; la verdad es que mi primo, capturado por aquellos hombres, llevaba entre su mochila un puñado de papas para asi no extrañar tanto su tierra, su hogar y su mama.
Después de un largo y penoso viaje, llegaron a tierra de reyes y algún soldado impetuoso le quitó al pobre primo su más preciado tesoro. Pero claro, malicia indígena es buena, y escondidas él traía otras papitas mejores, que tan pronto como pudo, puso en la tierra a guardar y las papas sin pensarlo se hecharon a germinar.
Cuando los habitantes de aquel extraño lugar encontraron las papitas, se pusieron a inventar que era cosa de los brujos, que nadie debía comer, que entre sus libros sagrados esta planta no se hallaba, pero cómo querían encontrarla si al dios que nos la regaló tampoco allí lo nombraban?... o quizás si lo nombraban pero con un nombre bien distinto.
Poco a poco, el timido regalo que los dioses dejaron en los Andes, logró su reconocomiento. Los
hombres de mar encontraron en ella un remedio para curar el temido escorbuto, cataplasmas de papa suavisaban los nudos que las venas dejaban, rodajitas de papa sobre ojos disolvian las bolsas que el llanto producia. Y ni hablar de las delicias que con ellas preparamos; ya sea con queso, con esparragos, salada, encebollada, en pure, gratinada, postiza o cocinada.... Quién en la faz de la tierra no se ha comido una papa?
Este relato no pertenece a la tradición de cuentos o leyendas de ningún pueblo. Los nombres de Chiminigagua, Chia y Xúe son tomados de la mitología Muisca (Colombia). El dibujo fue elaborado por mi hija Maria Helena.